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sábado, 8 de mayo de 2010

Fuego y pasión

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El sol que hacía aquella mañana era abrasador; la feria del Rocío prometía éste año ser más sofocante que en años anteriores. Las carrozas engalanadas con cientos de flores cruzaban el riachuelo acercándose al lugar de reunión.
La mayoría repetían feria, aunque todos los años aparecía gente nueva deseosa de conocer de primera mano aquella fiesta.
Éste era el caso del señor Martínez, que desde no hacía muchos años se había aficionado al mundo de los caballos. Él no traía una carroza, pero sí una yegua preciosa. Su nombre: Pasión. Preciosa, blanca, con largas crines y con una elegancia y soberbia asombrosas.
El señor Martínez ya se encontraba frente a la Blanca Paloma. Lo cierto es que la imaginaba más grande, pero le pareció preciosa. Se sentía bien, estaba frente a la Virgen de la que tanto había oído hablar. Bajó de su elegante yegua blanca y, después de dejarla junto a los demás caballos se dirigió a una caseta dispuesto a tomar algún fino de esos que tanto había oído hablar también.
Apoyado en el mostrador recreaba sus ojos viendo llegar a más gente. Preciosas damas, grandes carrozas, gente de mucho postín y gente humilde; también vió gente descalza, imaginó que por promesas.
Entre las encinas se veía un caballo precioso, negro azabache, con sus crines trenzadas, y al parecer un poco rebelde...: Con sus patas delanteras alzadas descargaba su furia, a la vez que relinchaba con bravura. Su cuidador intentaba calmarlo, mientras su amo con visible enfado se retiraba hacia la caseta en que se encontraba el señor Martínez.
- Me tiene harto éste caballo - decía.
Pidió su manzanilla de rigor y entabló una charla con el camarero y con él.
Con los vinos se pasaban los enfados y se animaban las conversaciones. El caballo negro resultó llamarse "Fuego" y no hacía falta que su dueño hiciese alusión ni a su belleza ni a su rebeldía.
Mientras ellos bebían y charlaban, en las cuadras estaba pasando algo con lo que ellos no contaban: Fuego se había soltado y ahora estaba junto a la yegua blanca.
El amor no surge solo entre las personas, y los dos caballos vivieron una Feria inolvidable.
Con el paso de los años coincidieron en algunas Ferias, no en todas, pero en cada momento que coincidieron, fué tan inolvidable como el de la calurosa mañana en que se conocieron.
Cuando el señor Martínez vió que su yegua no estaba ya para ferias, la vendió a un rico y caprichoso hacendado: Don Julián, gran amante de los equinos.
- No debe preocuparse, aquí acabará sus días en libertad junto a los demás caballos.
Y fué de ésta manera, como cambió radicalmente la vida de Pasión.
Cuando bajó del remolque se sintió asustada, nerviosa, pero pasado un rato, cuando ya todos habían marchado y se fué relajando todo fué distinto: Un campo precioso con más caballos.
El día iba finalizando y el sol, de un naranja intenso, dejaba asomar sus últimos rayos entre las encinas, mostrando unas rayas preciosas.
Bueno, no había solo encinas: También allí, en el horizonte, un caballo negro levantaba sus patas delanteras con furia. ¿ Podría ser? ¿El destino habría jugado así su última carta?
Pasión trotó hasta allí con desconfianza. Pero al llegar se dió cuenta de que había merecido la pena vivir hasta ese día: Era fuego. Frotaron sus cuellos, se emocionaron, y estoy seguro de que si los caballos lloran, ellos en ese momento lo hicieron.
El cruel destino que los fué acercando y alejando durante todos esos años, ahora, por fín los había unido definitivamente. Y aunque Fuego ya no era tan "fuego", y Pasión ya no era tan "pasión", estaban juntos. Y...bueno, ya todos sabemos lo que ocurre cuando se unen fuego y pasión...

Fernando.


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1 comentario:

Primavera en Otoño dijo...

Que bonito relato, con lo que me gusta los finales felices y que el amor sea el gran vencedor.
Primavera