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lunes, 5 de abril de 2010

El viejo eucalipto



Aquel verano papá nos sorprendió con algo muy especial. Todos los veranos en Jaén eran memorables, pero aquel verano en concreto me dejó un recuerdo muy especial: Papá nos construyó una casita de madera en un viejo eucalipto.


Yo ya iba siendo una mujercita, y disfruté haciendo una camita con paja, unas cajas a modo de sillas, etc...


Por cierto, me llamo Marta.


Los primeros días nos llegamos a reunir hasta cinco niños en aquella caseta. Pero, con el pasar de los días, al igual que suele pasar con todos los nuevos juegos a esa edad, algunos niños se fueron aburriendo y dejaron de subir.


En esos primeros días conocí a Jaime: Un niño pecoso, con el pero alborotado, rubio y con una cara de pillo que llevaba a engaño, ya que al conocerlo mejor, se comprobaba que había una gran persona en él.


Como iba contando, poco a poco algunos niños habían dejado de subir. Pero ni Jaime ni yo dejamos que tal pensamiento pasara siquiera por nuestras mentes.


Aún éramos niños; no conocíamos el amor, ni pensábamos en ello; pero sí un gran feeling que hacía que cada día fuese más bonito que el anterior, y que cada noche al acostarme sólo pensara en el momento de volverle a ver.


Fué un precioso verano, pero el verano pasó y por desgracia no se volvió a repetir.


Me contaron que los padres de Jaime habían comprado un apartamento en algún sitio turístico y que ya no volverían por aquel viejo pueblecito de Jaén.


Hoy ya han pasado muchos años de aquel verano: Ayer casualmente cumplí setenta años. Pero dicen que el mundo es un pañuelo, y ahora veo que es cierto. Me encuentro en un parque, en la isla de Tenerife, y frente a mí se encuentran dos ancianos: Uno de ellos es calvo y parece más mayor, el otro con poco pelo, pero tan revuelto como cuando era un niño: Lo reconozco. Lo reconocería entre miles de personas...o incluso habiendo pasado muchos años...


Él no se ha percatado aún o no me ha reconocido.


Quiero hablarle, pero no sé ni de qué manera empezar.


Tampoco sé cómo reaccionará...Mira que si no me recuerda...desde luego es muy probable que así sea...Desde luego que sigue teniendo esa cara de pillo y de dulce a la vez: Iré.


- ¿Jaime?


Me mira con una mezcla de duda e incredulidad, a la vez que de asombro, para en unos segundos tornarse en emoción:


- ¿ Marta?


Se levanta con cierta torpeza, es normal, han pasado tantos años. Se acerca a mí y sin mediar palabra, me abraza...nos abrazamos.


Miles de recuerdos se amontonan en nuestras mentes.


No sé cómo, pero el otro hombre se ha ido.


Los recuerdos se mezclan y se revuelven a empujones por salir.


No sé de qué manera acabará ésta amistad ( o sí). Pero lo que sí sé es que ha merecido la pena llegar hasta los setenta años, aunque sólo sea por el precioso momento que vivimos: Momento de reencuentro en el que recordamos aquel verano, y aquella original casa en el viejo eucalipto.

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