Gente que me sigue:

viernes, 30 de abril de 2010

El caserío


No podía desperdiciar la ocasión: Después de largos años de estudios Ane había encontrado un filón que podía ser el lanzamiento en su carrera periodística. Aunque lo cierto es que no era ningún regalo; ir hasta esas montañas e indagar sobre la vida de una persona tan extravagante y extraña no era una tarea precisamente fácil.

-Si es usted capaz de descubrir el misterio que envuelve a ese tal Koldo y qué es realmente lo que hace que nadie se atreva siquiera a acercarse a sus terrenos, tendrá usted trabajo en nuestro diario - le prometió el señor Ugena, con un gesto que casi delataba una risa interior. En cierto modo le pareció un "no" piadoso. Un reto que debía ser demasiado difícil, para de ese modo, sin negarle el puesto, no se lo daría. Y si, por el contrario lo conseguía, estaba claro que era un buen partido para el periódico.

Pero para Ane no era tan grande el reto. Más grande fué partir de su Valladolid natal dejando todo atrás y marchando al País Vasco; del que tanto había oído hablar y que jamás había visitado siquiera. Lo que había visto de momento le gustó: Preciosos paisajes con montes y campos muy verdes y distintos a su Castilla natal. Y más si a ésto añadimos la oportunidad de un trabajo en lo que más le gustaba.

La mañana se presentó lluviosa. Después de desayunar un delicioso café con su bollito correspondiente, Ane se acomodó en su viejo Opel Corsa dispuesta a cumplir su nueva misión.

A pesar de que los montes eran muy bonitos, no estaba acostumbrada a tantas pendientes ni tantas curvas. Después de dar docenas de vueltas al volante y mover tanto la palanca de cambios como si de un puchero se tratara, llegó al alto de Urkiola.

De momento el viaje merecía la pena: La vista era maravillosa; precisos valles envueltos en una neblina que convertían las imágenes en una verdadera postal.

Entró en un bar típico del lugar; un viejo caserío de piedra. Nada más entrar le llamó la atención que a pesar de lo grande que era el caserío, el bar era muy pequeñito. Eso sí, tan acogedor que daban ganas de quedarse a vivir allí. Con chorizos de casa y pimientos secos colgados, con un tonel de vino al fondo, y las paredes repletas de cuadros con imágenes micológicas o de lugares típicos.

En la barra un hombre tremendo preparaba algo de espaldas a ella.

Pidió un café y no le costó nada entablar conversación con aquel hombre tan grande y acento tan curioso. Le recordaba a los chistes que había oído tantas veces a su hermano imitando a vascos. Le llamó la atención la amabilidad del lugareño. Había oído hablar mucho del tal Koldo, aunque cada uno contaba su versión, y la que más se repetía era que se trataba de un adinerado al que le fué mal la vida y que huyendo de algo o alguien, compró un caserío en lo más recóndito de aquellos montes.

- Lo conozco, sí - decía el camarero -, suele venir alguna vez por sal, azúcar o cosas así, pero a pesar de ser joven es un poco huraño y no da conversación.

- Pero dicen que la gente le tiene miedo - observó ella.

- Bueno, yo desde luego no - contestó - viene por sus cosas y habla muy poco, pero no se mete con nadie, pero claro - continuó - tampoco le gusta que la gente meta sus narices en sus cosas.

Después de preguntar en qué dirección se encontraba ese caserío, salió de la taberna despidiéndose del amable camarero y oyendo un "gero arte", que no tuvo ni idea de lo que quería decir, pero que con el tiempo pudo aprender que quería decir "hasta luego".

Siguiendo las indicaciones llegó hasta una valla de madera en la que el coche ya no podía pasar. Cogió sus bártulos y se dispuso a seguir andando.

Su primer día no terminó muy bien y acabó perseguida por fieros perros y oyendo disparos, que aunque suponía que serían al aire, imponían un terrible respeto.

Ya eran cinco los días que Ane lo había intentado sin ningún resultado. Esa misma mañana el señor Ugena llamó preguntando por los resultados. - Todo va muy bien - contestó ella ; no era aconsejable decirle la verdad...

Esa misma tarde al acercarse a la valla, vió al extraño joven sentado en la hierba con sus ovejas. Al intentar acercarse, de nuevo dos perros corrieron feroces hacia ella. - !Lur!, !Argi! - gritó el chico.

Los dos perros, obedientes, se detuvieron.

Ane, con un miedo difícil de disimular, continuó caminado hacia el pastor.

- Buenos días, ¿puedo hablar con usted? - dijo ella, ya muy cerca de él.

- ¿Qué quiere? - farfulló él.

La verdad es que de primera impresión, no le pareció tan temible como se lo describieron; tan solo vió a una persona solitaria, que por alguna desconocida razón huyó en su día de todo hasta ese lugar.

Aquella tarde poco pudo averiguar. En ningún momento se le ocurrió decir que trabajaba para un periódico y tan solo intentó hacer amistad con él. No le resultó difícil, ya que incluso le pareció atractivo. Por un momento pensó cuál sería la razón que pudo impulsar a ese hombre a abandonar todo.

Las visitas en esas tardes otoñales se fueron repitiendo día a día.

En esas visitas fué descubriendo que detrás de todo aquello, tal y como imaginó, había una terrible tragedia: Estuvo casado y en un terrible accidente de tráfico perdió a su mujer y a su único hijo. La vida hasta aquel momento le sonreía y disponía de dinero, puesto que su empresa de productos plásticos le iba muy bien.

Ese desastre truncó su vida. Se sumió en una terrible depresión, ya que no superaba la situación de volver a entrar diariamente en la misma casa, con todos aquellos recuerdos.

Vendió todo y se fué a vivir a lo más recóndito de aquellos montes. Era un lugar bonito, y con unas gallinas, unos árboles frutales, cabras, ovejas, vacas...no le faltaba prácticamente de nada. Tan solo le empezaba a "doler" un poco su soledad.

Contando todo ésto, Koldo, a pesar de la fama que tenía, se sumió en un terrible llanto, llanto que ablandó a la periodista y terminó llorando con él.

Las visitas se siguieron sucediendo tarde tras tarde. Ane fué enviando sus escritos al periódico y ya quedaba poco nuevo para contar. Pero a pesar de ello, seguía subiendo a aquel prado; algo estaba sucediendo en el corazón de la vallisoletana...

Aquella tarde, más que otoñal, se presentó invernal. La pareja no pudo salir al campo y se quedaron en el caserío. Ella llegó empapada. Se desnudó y se puso ropa de Koldo mientras sus ropas se secaban al calor del fuego de la chimenea.

Las ascuas chisporroteaban como queriendo escapar de su destino fatal. Y una tarde que se había presentado como una pesadilla, se había convertido para Ane en un verdadero sueño: Solo con la luz de la hoguera, y acompañados por el sonido de la lluvia y el viento en las ventanas.

- Ya tienes seca tu ropa - dijo Koldo. Ella volvió a cambiarse. Pero aquella noche iba a suceder algo que en el fondo los dos sabían: La noche se presentaba fatal y el chico le invitó a quedarse a pasar allí la noche. Ella por su parte pudo reprimir el grito de ilusión que su subconsciente pretendía soltar, y aceptó.

La noche fué mágica.

Ya por la mañana, después de un desayuno casero condimentado con besos de amor, Ane se dispuso a partir hacia el pueblo. Debía presentar su trabajo, aunque ésta vez debía suprimir cosas...

Después de marchar ella, Koldo tuvo que salir para comprar también unas cosas. Fué hasta el alto de Urkiola como siempre, y al bar de costumbre. El gran Urko era muy cordial, le caía bien. Además esa mañana debía estar contento, ya que canturreaba una canción en euskera mientras meneaba su tremendo trasero sin esperar que nadie entrara en ese momento.

A Koldo le resultó graciosísimo, y más después de haberse enamorado de nuevo: Ahora volvía a reir. Pero disimuló su risa por dos cosas: Por no ridiculizar a su amigo y por no perder su "título" de persona huraña, que le servía para que no se asomaran curiosos a sus propiedades.

Después de saludarse, se dispuso a comprar las cosas que le hacían falta: Cerillas, café y pocas cosas más que en su caserío, por supuesto, no podía conseguir.

En la entrada vió un expositor de revistas. No solía leer mucho, pero cogió un par de revistas y un par de periódicos. Como se había presentado con un sol que contrastaba terriblemente con el tiempo de la jornada anterior, cuando volvió al caserío, se dispuso a sentarse en una mesa fuera, solo, ojeando la prensa comprada.

El mundo se le vino encima al ver un titular que decía: "La misteriosa vida de Koldo".

Aquella tarde era especial para Ane. Le habían dado un puesto en el periódico y además estaba enamorada.

Como en tardes anteriores se dispuso a subir hasta el caserío. Al llegar le extrañó que no estuviera en la campa Koldo con sus ovejas. Fué hasta el caserío y no encontró a nadie.

Después de dar unas vueltas alrededor se dió cuenta de donde estaba: Partía leña en la parte de atrás del cobertizo. Su sorpresa fué mayúscula al comprobar que después de la noche pasada, Koldo no le hacía ni caso.

Hubo una terrible discusión. Ella lloraba, intentando explicar inútilmente que tuvo que hacerlo para poder conseguir su trabajo y que no decía nada que le pudiera perjudicar; tarea inútil: Koldo muy enojado le pidió que abandonara su casa y que no volviera jamás.

Los días fueron pasando. Con los días las noches. Y con el paso de los días y de las noches, el otoño. Ya no quedaban hojas en los árboles y la nieve empezaba a mostrar su color algunas mañanas. Allí la nieve asomaba con facilidad. Amboto, con más altura que Urkiola y con vientos realmente fríos, presentaba ya su capucha blanca.

En esos días el trabajo en el caserío se limitaba a cuidar los animales y poco más. Aquella mañana, fría pero sin nieve, Koldo sacaba al campo sus ovejas. Sus perros Lur y Argi, empezaron a correr ladrando con fiereza: Se giró y vió a un hombre corpulento montaña arriba.

Llamó a sus perros, ya que enseguida se dió cuenta de que se trataba de su amigo Urko. !Qué raro!, era la primera vez que subía al caserío. No le molestaba, ya que aunque intentaba por todos los medios que no se acercara gente por allí, Urko era su amigo.

Al llegar, Urko resoplaba y tenía unos colores que parecían dar calor a todo su cuerpo.

A pesar de que no tenía ni idea de lo que podía querer su amigo, no tardó en saberlo.

Invitó a entrar al gran hombre y le sacó una botella de vino, queso y chorizos hechos con sus propias manos, y empezaron la charla.

Ane había ido en varias ocasiones al bar. Le pedía que hablara con él. De alguna manera Urko defendió a la chica: No tuvo ninguna mala intención y está loca por tí - aseguraba.

Pero Koldo era muy cabezota y no cedió a los consejos de Urko.

Pasó el duro invierno.

Aquella mañana de principios de primavera el sol lucía radiante. Las florecillas blancas llenaban los campos y prometían una bonita estación. Por la ladera se acercaba alguien. Argi levantó las orejas y Lur echó a correr, pero sin sus ladridos habituales: Era normal, todavía la recordaban...

Koldo, sin entender como, apartó de su mente sus rencores. Se levantó y fué andando hacia ella. Ella por su parte seguía hacia él, y a pesar de su cansancio, cada vez iba un poco más deprisa: Él venía hacia ella...

Al encontrarse, él no pudo articular palabra; y ella tan solo un "lo siento" entre sollozos.

Se fundieron en un fuerte abrazo que hizo que sobraran las palabras.

Parecía mentira. Ya habían pasado dos años de todo aquello. Ane se despedía de su chico para dirigirse a su trabajo en el periódico. Él, por otra parte, se preparaba para otro día de trabajo en el campo y para atender a su hijo, que en éste momento empezaba a llorar.

!Qué bonito era volver a vivir!

Safe Creative #1006056516730

1 comentario:

Primavera en Otoño dijo...

Ohhh que bonita mas cuando el amor vence, narras muy bien, es facil seguirte y entrar en la historia que tan bien describes.
Primavera