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viernes, 23 de abril de 2010

Amor en el Transiberiano


Por fin, después de toda una vida de duro trabajo, Adam dejó su Londres natal para disfrutar del sueño de su vida: Viajar en el Transiberiano. Desde niño le hechizó todo el misterio y las leyendas que rodeaban ese viaje, tanto por su recorrido, atravesando siete husos horarios distintos, como en su duración ( alrededor de ocho días).
Ya llevaba unos días de viaje, que le habían dado para conocer a diversas personas de distintos países y costumbres: Al anciano señor Douglas y a su gentil esposa, que celebraban sus bodas de oro; o a dos cómicos hermanos italianos, de los que nunca recordaba bien el nombre y que siempre reían por todo; la felicidad afloraba por todos sus poros. Resultaban cómicos hasta en su aspecto: Los dos barrigones, con tirantes, y con unos bigotes que no se cansaban de afilar insistentemente.
También estaba la señorita Westley; elegante y coqueta: Toda una dama.
En ese largo viaje también hizo amistad con John; un amable camarero que en algún momento del trayecto a la vez que le había servido un trago le había entretenido con agradables y amenas conversaciones.
Ya habían atravesado Rusia, Mongolia, y en éste momento el tren se había detenido. Hasta aquí las vías eran anchas, pero para atravesar China, tenían que hacer una laboriosa operación: Al ser los raíles más estrechos, debían levantar ligeramente cada vagón para cambiar sus bogies y así adaptarlos al nuevo trayecto.
Ésto para los operarios podía representar una pura rutina, pero para los pasajeros no dejaba de ser algo muy curioso.
Mientras ésto ocurría, la meteorología se estaba complicando, ya que no dejaba de nevar. Y para colmo faltaban algunas piezas que no acababan de llegar. En la compañía ferroviaria les advirtieron que el posible retraso de las piezas podría retrasarse hasta un par de días.
Ésto a Adam de momento no le incomodaba mucho, ya que su amistad con la señorita Westley se había estrechado. En ese momento tomaban un delicioso café que John les había servido con todo lujo, acompañado de una suspicaz mirada.
Westley le relataba retazos de su vida, y Adam escuchaba a medias, ya que no sabía bien lo que le estaba pasando pero aquella chica le embelesaba. Era curioso: Soltero empedernido, sin ilusión por encontrar nada a sus cuarenta y cinco años, y allí estaba, en el tren de sus sueños y con una mujer que le estaba causando emociones que él prácticamente desconocía.
Fuera la nieve no cesaba, y la tarde comenzaba a ceder su turno a la noche, la cual con un manto oscuro cubría todo de un color aún más bonito si cabe aquel paisaje.
Toda esa magia unida: La de la noche, la del tren, la nieve, y... ¿por qué no decirlo?, el amor, estaba dando a Adam el toque de gracia a su sueño dorado.
Ya era tarde y John, aunque no decía nada, echaba miradas fugaces a la pareja implorando el momento de cerrar para poder retirarse.
Decidieron marchar hasta sus vagones.
Nada más salir del vagón-bar, Westley rompió la timidez de Adam besando suavemente sus labios.
Éste beso trajo a otro beso, y éste otro a un abrazo apasionado.
Sin saber cómo y sin esperarlo ninguno de los dos, habían encontrado el amor, envueltos en un ambiente de lo más romántico. De allí fueron instintivamente a la habitación de Adam: No hicieron falta palabras, ni decisiones que tomar...todo fué surgiendo.
Fué una noche llena de amor y pasión.
La noche pasó tan rápida que a los dos les dio la sensación de que alguien les había engañado. Alguien había trucado los relojes. Aunque en su fuero interno los dos sabían que no había engaño posible, que se les había pasado tan sumamente deprisa porque en el amor, el tiempo es lo de menos, es algo banal.
Se empezaban a oir voces por el pasillo, gente de aquí para allá. Incluso en el andén se notaba el revuelo.
Fué Adam el primero en salir de la habitación. Nada más salir se topó con un hombre que pasaba a toda prisa por allí; se escusó, y Adam aprovechó para preguntarle. La respuesta era bastante obvia: El tren estaba preparado para continuar su marcha. Adam se acercó entonces al Jefe de estación y éste le confirmó lo que ya le habían dicho: Alrededor de mediodía el Transiberiano reanudaría su marcha. La noticia a Adam le alegró solo a medias; en su sueño dorado, ni siquiera se había parado a pensar en que ese momento llegaría, ni en lo que pasaría a partir de entonces.
El comedor parecía tranquilo, aunque cada uno en su mesa comentaba sus más próximos planes. El ferrocarril llegaba a su destino y cada uno se dirigiría a un lugar distinto.
En la mesa ocho una pareja que ni siquiera miraba a su comida. Se cogían de la mano y se veían muy tristes: Adam y Westley, al igual que los demás pasajeros llegaban a sus destinos. Adam era libre. Debía volver a Londres, pero no necesariamente. A Westley sin embargo, le esperaba un chico, del cual nunca supo del todo si estaba enamorada, y unos padres ya ancianos en Manchester.
Ambos lloraban; ¿por qué el destino les había reunido en el lugar más recóndito de la Tierra, les había hecho vivir algo tan idílico, y ahora les pretendía separar...! Qué cruel!...
El ferrocarril reanudaba su viaje. La nieve había cesado y grandes máquinas se encargaron de limpiar los raíles. Ya nada frenaría ese viaje.
Los dos días siguientes solo sirvieron para que el amor se afianzara aún más, y el destino seguía su curso. El viaje finalizaba. Westley se bajaba antes que Adam, y el momento de la separación llegó.
Fué muy duro para los dos.
El tren volvía a arrancar y una chica sollozaba desconsoladamente en el andén. Por su parte, Adam se retiró de la ventana porque ya incluso le flaqueaban las piernas. !Qué triste situación!. Sólo quedaron por medio dos números de teléfono.
El resto del viaje para Adam fué una tortura.
Su corazón estaba partido del todo. Su mirada a través del cristal del tren miraba al infinito, sin ver otra cosa que la imagen du su amada.
Tres horas más tarde él también llegaba a su destino. Bajó su maleta y casi sin fuerzas se sentó en el primer banco que vió en la estación. Hacía mucho frío. Entró en la estación, sacó un café de una máquina expendedora y salió de nuevo; fuera hacía frío pero le apetecía estar solo.
El café era de una calidad pésima, pero al menos estaba caliente.
Cabizbajo, pensaba y se hundía aún más. Nunca había conocido esa sensación, pero era muy duro. Tuvo algún romance en su juventud pero jamás llegaron lejos, y ahora que había conocido a su verdadero amor, todo se había ido por la borda.
Sin saber bien el porqué levantó su cabeza. Fué como si alguien le dijera: Mira a tu alrededor. Y así lo hizo.
Delante de la estación unos señores con palas no cesaban de hacer ruido quitando nieve para que la gente pudiera andar por las aceras. Cerca de él un mendigo buscaba en una papelera...Al fondo a la izquierda dos hombres discutían; intentó agudizar el oído por si entendía algo, pero era inútil, hablaban otro idioma.
Su cabeza entonces dió media vuelta. Allí, al fondo, una chica corría tanto que se le iban cayendo cosas; primero su sombrero, luego algo que desde allí no podía distinguir, pero lo más curioso es que parecía correr claramente hacia él. Intentó reconocerla. Ya estaba más cerca. No podía ser. Miró un instante alrededor buscando una explicación y solo pudo ver un taxi con una puerta abierta...!Era ella!, !sí, lo era!...
A duras penas se levantó, ya que con los nervios no acertaba ni a dirigir sus articulaciones, pero fué sólo ese instante, ya que sin saber cómo él también echó a correr.
Casi chocaron. Se fundieron en un fuerte abrazo entre sollozos.
Después del largo abrazo, su mente empezó a volver en sí. Casi no hicieron falta palabras: ¿Pero..? - Todo acabó en mi otra vida y estoy aquí.
Después de aclarar un poco las cosas fueron de nuevo al taxi.
Ya en el hotel y después de consumar su amor decidieron qué harían el resto de sus vidas: Arrancarían en ese mismo pueblo perdido en el que se encontraban, dedicándose a lo que surgiera y el tiempo diría lo demás. Pero en una cosa no tenían dudas, sería para estar juntos para siempre jamás.


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